¿Y si caminar fuera una de las formas más sencillas (y más profundas) de volver a ti? En esta conversación, el sociólogo David Le Breton propone algo que suena casi subversivo en tiempos de prisa: caminar es recuperar el ritmo humano, respirar de nuevo y reencontrar el gusto de vivir.
Desde la naturaleza hasta la ciudad, desde la memoria hasta el trabajo, Le Breton recorre una idea central: la marcha no es solo un desplazamiento, es una experiencia completa de presencia, sensibilidad y transformación
De qué va el vídeo / contexto
La entrevista se abre con una pregunta potente: “¿Y si existiera un modo de empleo para conocerse?”. El invitado es David Le Breton, profesor en la Universidad de Estrasburgo, sociólogo y autor (entre otros) de dos libros citados en la conversación: “Marcher. Éloge des chemins et de la lenteur” y “Disparaître de soi: une tentation contemporaine” (ambos en Éditions Métailié).
El diálogo se sitúa en Albi, donde Le Breton va a dar una conferencia en la École des Mines d’Albi sobre caminar y “tomarse el tiempo de vivir”. A partir de ahí, el tema se expande: la marcha como resistencia a la velocidad, como apertura sensorial, como práctica de memoria y como herramienta de autoconocimiento.
Resumen por bloques de ideas
1) Caminar es, necesariamente, tomarse tiempo para uno mismo
Para Le Breton, caminar implica volver a lo elemental de la condición humana. La marcha te hace reconectar con ritmos básicos: el día que se levanta y el que se apaga, el hambre, la fatiga, el esfuerzo… y también la alegría del camino. En sus palabras, caminar trae una sensación de estar “apasionadamente vivo”, y por eso se asocia al gusto de vivir.
Además, caminar abre una “sensorialidad total”: el caminante contempla, escucha, huele, toca. Frente a la prisa cotidiana, la marcha introduce una pausa: un “alto” que permite mirar, sentir y recuperar la respiración.
2) La lentitud como resistencia en un mundo de velocidad
Le Breton describe la lentitud de la marcha como algo paradójico en un mundo marcado por la eficacia, la productividad y la rapidez. Precisamente por eso, afirma que caminar puede ser una forma de resistencia: una manera de oponerse a valores que “aplastan” y exigen ir “más rápido que la propia sombra”. Caminar, en cambio, sería “caminar con la sombra” de forma pacífica.
En la vida diaria, dice, solemos mirar el mundo con un enfoque utilitarista: por ejemplo, conduciendo, con la atención puesta en evitar accidentes. Al caminar aparece otra disponibilidad: estar a la caza de lo bello, de los sonidos, de los olores; detenerse al escuchar un pájaro o un grupo de aves. Es una forma distinta de habitar el entorno.
3) ¿Solo naturaleza? No: también existe la marcha urbana
Una parte interesante de la conversación es cuando aparece la pregunta: ¿se puede vivir esa marcha “contemplativa” en la ciudad? Le Breton responde que sí, pero con otra modalidad sensorial y simbólica. En la ciudad, él se siente más sociólogo y flâneur (paseante observador): mira cómo camina la gente, cómo se habla, cómo se viste, qué ritmos aparecen en el ir y venir.
Cuenta que, por trabajo, muchas veces no puede “escaparse” a un bosque cercano y está “condenado” (en el buen sentido) a caminar por grandes ciudades. Cada ciudad devuelve una experiencia única: menciona que en Albi descubrió una ciudad bella, apacible y abierta, y añade que en América Latina, Nueva York, Asia, África o el Magreb las experiencias urbanas son completamente distintas.
4) “Génies des lieux”: lugares que acogen y lugares que repelen
Le Breton introduce una imagen muy sugerente: la idea de que cada barrio (o cada zona) parece custodiado por un “genio del lugar” que te recibe… o que te expulsa. Hay lugares de acogida y lugares que actúan como “repulsores”, generando una sensación de amenaza o de “mejor no seguir”. Dice que esto puede ocurrir tanto en la ciudad como en el bosque.
Subraya algo íntimo: para un caminante, el mundo está “habitado”. A veces se camina con una especie de “multitud de fantasmas”: recuerdos, personas queridas que ya no están, amistades perdidas. En ese estado mental, la marcha puede parecerse a una forma de oración (tal como lo expresa en la entrevista), sea en ciudad, bosque o desierto.
5) La marcha como emoción, memoria y “inteligencia del corazón”
Frente a una visión de la inteligencia ligada solo al saber académico o cultural, en la entrevista aparece la idea de otra inteligencia: la “inteligencia del corazón”. Caminar sería un universo de emociones, de sentidos, de rememoración y de memorias asociadas a lugares: la primera vez que cruzaste una calle, una etapa de tu vida, una persona con la que estuviste.
También destaca un punto muy concreto: cuando uno se pierde “un poco” (de manera voluntaria) y sigue el azar de los caminos, lo recordado se vuelve más intenso. Le Breton comenta que pasó por casualidad frente a la catedral de Albi y que, precisamente por no haber sido un “tour programado”, eso es lo que se le queda.
6) Taylorismo: cuando el trabajo declara la guerra a la pausa
En un giro hacia el mundo laboral, el entrevistador menciona el taylorismo y Le Breton lo explica: se refiere a la racionalización del trabajo en los años 20 en Estados Unidos, vinculada a las fábricas Ford (según lo cuenta en la conversación). El objetivo era que el obrero no “perdiera” ni un minuto ni un segundo: trabajo continuo, sin recuperar el aliento.
Recuerda una crítica cinematográfica: Charlie Chaplin (mencionado en la entrevista) y su denuncia de la taylorización. Y cita una fórmula especialmente dura atribuida a Taylor en la conversación: “Nous devons déclarer la guerre à la flânerie.”
Sobre si sigue vigente, Le Breton afirma que sí, “más que nunca”, por la vigilancia, la evaluación permanente y la obligación de “producir, producir, producir”. En su lectura, eso roba el gusto de vivir y también empeora el trabajo: cuando alguien disfruta y se realiza, deja de contar el tiempo; cuando alguien se siente controlado, hace lo mínimo exigido y piensa en otra cosa.
Incluso propone cambiar el término “trabajo” por “actividad”, y menciona la etimología que vincula “trabail” a “tripalium” (instrumento de tortura medieval, tal como lo dice en la conversación).
7) Compostela: más allá de la religión, un gran cruce de espiritualidades
Cuando aparece el Camino de Santiago, Le Breton dice que no lo ha hecho y que no siente una necesidad particular de hacerlo. Para él, la espiritualidad de la marcha puede encontrarse igual en un bosque cerca de casa: lo sagrado está en la mirada.
Aun así, reconoce que Compostela es un lugar enorme de encuentro: se cruzan religiones, creencias y espiritualidades en un clima de amistad. Habla de parejas que se forman y se rompen, amistades que nacen o se quiebran, reconciliaciones familiares. También advierte del “riesgo” de convivir durante semanas caminando horas al día: puede ser maravilloso o saturar. Él se define más como caminante solitario, que busca senderos con poca gente y encuentros con animales.
8) Conocerse no es una respuesta: es una pregunta (y un movimiento)
Hacia el final, vuelve el tema central: ¿es importante aprender a conocerse? Le Breton responde que conocerse es una enigma, más una pregunta que una respuesta. Nadie sabe quién será dentro de un año, diez o veinte; cambiamos con el tiempo y las circunstancias.
Insiste en algo clave desde la sociología y la antropología: la identidad no es “sustancial”, es relacional. No somos la misma persona ante un bosque, ante una conferencia, con los padres, con los estudiantes o con la pareja. Hay modulaciones constantes. Por eso, la “conocimiento de sí” siempre está en obra, como un chantier (una obra en construcción).
9) La marcha como herramienta de transformación (y decisiones)
Le Breton describe la marcha como un lugar donde se toman decisiones, donde se profundiza y donde se cambia de horizonte. Da un ejemplo muy concreto: su referencia a la asociación Seuil (dice que la conoce bien y que forma parte de su consejo científico). Allí, algunos menores en conflicto con la justicia pueden realizar una marcha muy larga (menciona dos mil kilómetros) sin teléfono, sin música, acompañados por un adulto, como alternativa a la prisión (tal como se explica en la conversación).
Según Le Breton, esa experiencia produce metamorfosis: descubren la lentitud, el silencio, la capacidad de estar solos, la conversación cara a cara. Lo presenta como un pasaje iniciático, una especie de renacimiento.
Y lo aterriza en la vida cotidiana: a veces se empieza a caminar “perdido”, triste o bloqueado por decisiones difíciles. Con el camino, dice, algo se disuelve: la melancolía baja, el mundo se vuelve más claro y aparece una decisión o una idea (por ejemplo, para un autor que busca el ángulo de un texto). Su “astucia” es simple: abrir la puerta, hacer una escapada, reencontrar “el cosmos” y lo elemental.
Ideas clave
- Caminar no es solo moverse: es volver a vivir con el cuerpo y con los sentidos.
- La lentitud puede ser una forma de resistencia en una cultura de prisa y rendimiento.
- La marcha cambia el tipo de mirada: menos utilitarista, más contemplativa y disponible.
- La ciudad también se camina: como flâneur, como observador de emociones y ritmos humanos.
- Hay lugares que “te invitan” y lugares que “te expulsan”: el mundo se siente habitado.
- Caminar despierta memoria: te devuelve personas, etapas, decisiones, preguntas.
- La productividad sin aire (taylorismo) empobrece la vida… y también el trabajo.
- Conocerse no es llegar a una meta: es caminar hacia la incertidumbre.
La entrevista termina con un mensaje que se queda resonando: “nunca nada está perdido”. Incluso cuando estamos “en el fondo de la ola” y parece que todo se escapa, puede existir una salida que aún no vemos. La clave, dice Le Breton, es resistir, buscar una apertura al mundo y recuperar el gusto de vivir.
La invitación es a hacerlo fácil: abrir la puerta y caminar un rato. Sin música. Sin prisa. Con curiosidad. Y luego preguntarnos: ¿qué me devolvió este paseo?
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